Pobres vacas

Las declaraciones del Ministro de Consumo, Sr. Garzón, sobre el peligro de producir y de comer carne para la salud y para el medio ambiente han indignado a la mayoría de la sociedad española. Pero es que llueve sobre mojado. El Presidente Sánchez, en la presentación que hizo del Plan España 2050 el pasado mayo, propuso la reducción de la ingesta de alimentos de origen animal como una de las primeras medidas para reducir el calentamiento global. Que duerma tranquilo el presidente pues quedan lejanos los años ochenta en los que se llegó a consumir 70 kg persona/año de carne; el consumo actual es de 45 kg (MAPA). Este descenso tan brutal es debido a la demonización de la carne, los falsos bulos y los cambios en las tendencias de consumo.

El consumo de carne procedente de la caza propició en un principio el desarrollo mandibular, digestivo y cognitivo de la especie humana. No hay evidencias científicas de que el consumo moderado de carne roja provoque enfermedades cardiovasculares, diabetes, cáncer…; al contrario, este consumo moderado es muy beneficioso para la salud de las personas. La Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer  (IARC, 2015), concluyó que “el consumo de carne roja es probablemente carcinógeno, aunque con una evidencia muy limitada”, al mismo tiempo que reconocía su gran valor nutricional.

En la sociedad occidental actual se intenta introducir el debate entre carne natural y “carne artificial” promovido por el movimiento animalista. Se están haciendo grandes esfuerzos científicos, con elevadas inversiones de dinero, para fabricar carne artificial en el laboratorio. Existen dos vías para ello: la procedente de células madre de un animal vivo y la producción de carne vegana, que es una “carne” artificial sin carne. Ambas vías tienen elevados costes de producción y medioambientales.

El magnate Bill Gates (Microsoft), entre otros, está detrás del gran negocio de la carne vegana, pues es uno de los mayores accionistas de empresas como Impossible Foods, Beyond Meat. Gates se opone a la producción de carne natural porque dice que el ganado es un gran responsable del cambio climático por sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Esta afirmación no resulta creíble.

En la Conferencia sobre el Clima de París (COP21), de Naciones Unidas, se aprobó el Acuerdo de París (2015) para descarbonizar las economías y sustituir la energía de los combustibles fósiles por la de energías limpias. El acuerdo busca limitar el aumento de la temperatura global promedio a un máximo de 1,5 ºC en el presente siglo, que deberá ser logrado mediante la reducción drástica de emisiones de GEI.

A partir de la llegada de la revolución industrial (siglo XIX), el planeta se fue dotando de un potentísimo conglomerado industrial que emite grandes cantidades de CO2, óxido nitroso (N2O), metano (CH4), clorofluorocarbonos (CFC), ozono troposférico (O3)…, que son los principales gases de efecto invernadero. El CO2 es el  más peligroso, pues hemos alcanzado una concentración atmosférica histórica de 410 partes por millón (ppm) (Organización Meteorológica Mundial, OMM). Además, tiene una vida media antes de su degradación en la atmósfera de unos 400 años.

Al hilo del cambio climático y desde hace varias décadas, la ideología animalista responsabiliza a los animales domésticos de renta de la producción de GEI, especialmente de metano, y ha conseguido que la población crea que estos animales son los máximos productores de emisiones del planeta y, por tanto, los responsables del calentamiento global. Como los animales rumiantes son emisores de CH4 se asocia a las vacas como las únicas emisoras de metano, cuando todos los rumiantes son productores de este gas. Pobres vacas.

Aunque el potencial de calentamiento del metano es 21 veces mayor que el del CO2, su menor concentración atmosférica y su vida media (del orden de 210 y 35 veces, respectivamente), hacen que el CH4 .tenga un efecto mucho menor sobre el calentamiento global que el CO2.

También se dice que la única fuente de metano es la animal y tampoco es cierto. Como fuentes fundamentales se encuentran la extracción y explotación de los combustibles fósiles (gas natural, petróleo…) a la que acompaña la emisión de CH4; la descomposición natural de la materia orgánica en tierra firme (vertederos, estercoleros…) y en las zonas pantanosas, y la emisión de los animales del planeta a través de la fermentación gastro-intestinal.No se sabe qué porcentaje de estas emisiones corresponde a la ganadería, aunque se estima que es el menor de las tres fuentes.

El ministro Garzón ha vuelto a utilizar la manoseada cifra de 14,5% de GEI emitidos por la ganadería (IPCC, 2007), de la que muchos expertos desconfían. Las emisiones directas apenas llegan al 5%, a las que hay que añadir las indirectas (procesado de alimentos, fabricación de piensos compuestos, transporte…) para estimar la cifra global. Hay que tener en cuenta que el sector cárnico en su conjunto tiene una gran importancia en la economía española pues representa el cuarto sector industrial del país (ANICE, 2020). Recordemos que España es puntera en Europa en producción de carne (porcino y aves).

Antes de terminar, una buena noticia sobre las emisiones de GEI en España. En 2019 la economía española emitió 323 millones de tmEq.CO2, pero fue un 5,7% menos que el año anterior. Ojalá sigamos por esta senda.

Antonio Purroy Unanua, Catedrático de Producción Animal

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